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Milei, Lula y la nueva Guerra Fría

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La pelea entre Javier Milei y Luiz Inácio Lula da Silva parece, a primera vista, una disputa bilateral entre dos presidentes que tienen diferencias ideológicas profundas y una relación personal particularmente mala. En realidad, es algo bastante más importante. La crisis entre Argentina y Brasil es uno de los síntomas latinoamericanos de una transformación mucho mayor: el mundo relativamente unipolar que conocimos después de la Guerra Fría terminó y estamos entrando en una nueva etapa de competencia estratégica entre Estados Unidos y China.

No estamos frente a una repetición exacta de la Guerra Fría del siglo XX. No existen dos bloques perfectamente cerrados ni una división ideológica absoluta del planeta. Estados Unidos y China compiten en comercio, tecnología, inteligencia artificial, semiconductores, infraestructura, energía, defensa y cadenas de suministro, pero sus economías siguen profundamente interconectadas. Al mismo tiempo, potencias como India, Brasil, Turquía y otras buscan preservar márgenes de autonomía. Por eso resulta más preciso hablar de una bipolaridad competitiva, en la que Washington y Beijing son los dos grandes polos de poder, mientras los actores intermedios intentan evitar convertirse en simples piezas de ese enfrentamiento.

En ese nuevo escenario, América Latina vuelve a adquirir relevancia. No porque Washington pueda tratarla como su patio trasero, como ocurrió en otros momentos de la historia, ni porque Beijing esté construyendo una esfera de influencia tradicional. La región posee alimentos, energía, minerales críticos, mercados, infraestructura estratégica y una posición geográfica excepcional respecto de Estados Unidos. China ya es un actor económico central y Estados Unidos conserva una enorme gravitación financiera, tecnológica, comercial y militar. América Latina es, por lo tanto, otro escenario de la competencia entre las dos grandes potencias.

Argentina decidió tomar posición. Javier Milei entendió algo que durante demasiado tiempo buena parte de la dirigencia argentina se resistió a reconocer: el mundo cambió y la Argentina necesita definir cuál es su espacio estratégico. El acercamiento a Estados Unidos, la alianza con Donald Trump y la decisión de reconstruir una identidad internacional claramente occidental tienen fundamentos que exceden la simpatía personal entre presidentes. Argentina necesita inversiones, tecnología, mercados, cooperación en defensa y seguridad y una relación privilegiada con la principal potencia occidental.

Desde esa perspectiva, el giro de Milei tiene una lógica. El problema aparece cuando una definición estratégica comienza a convertirse en una obligación de acompañar automáticamente cada batalla de Washington. Estados Unidos es un socio estratégico. No es la Argentina.

Donald Trump tiene intereses estadounidenses que coinciden con los argentinos en numerosos asuntos, pero no necesariamente en todos. Washington quiere contener el avance estratégico de China, proteger sus cadenas de suministro, recuperar influencia en América Latina y evitar que Beijing transforme su enorme presencia económica en influencia política y militar. Argentina quiere crecer, atraer inversiones, exportar y aumentar su poder relativo. Las agendas pueden converger. Pero no son idénticas. Ésta es la diferencia entre alineamiento y subordinación.

Argentina puede ser firmemente occidental sin renunciar a su capacidad de decisión. Puede profundizar su relación con Estados Unidos sin transformar cada disputa estadounidense en una disputa argentina. Puede considerar a China un competidor estratégico de Occidente y, al mismo tiempo, negociar con Beijing cuando eso resulte conveniente para nuestros intereses. La autonomía no significa neutralidad. Significa tener capacidad para tomar decisiones propias. Y esa discusión aparece con particular claridad en Brasil.

Las diferencias de Milei con Lula son reales y, en muchos casos, legítimas. La visión económica del Partido de los Trabajadores es mucho más estatista que la que impulsa el gobierno argentino. La política exterior de Lula privilegia una autonomía frente a Washington que puede entrar en contradicción con determinados intereses occidentales. Su relación con los BRICS y con China merece ser seguida con atención, y sus posiciones frente a Venezuela, Israel y otros conflictos internacionales han generado diferencias profundas y justificadas con Buenos Aires. Pero también sería un error reducir a Lula a la caricatura de un presidente socialista que simplemente quiere acercar Brasil a China y enfrentar a Estados Unidos. Lula es algo bastante más complejo: un dirigente nacionalista y pragmático que entiende que Brasil tiene una escala suficiente para intentar jugar su propio partido.

Brasil no quiere ser un aliado automático de Washington. Pero tampoco quiere ser un satélite de Beijing. Quiere ser Brasil. Ésa es una característica de su política exterior que atraviesa gobiernos de izquierda, centro y derecha. Itamaraty construyó durante décadas una cultura de autonomía estratégica que busca mantener relaciones simultáneas con las grandes potencias y preservar el mayor margen de maniobra posible.

Incluso si Flávio Bolsonaro llegara a la presidencia, sería ingenuo imaginar que Brasil abandonaría esa tradición para convertirse simplemente en un aliado subordinado de Estados Unidos. Un gobierno brasileño de derecha probablemente sería mucho más próximo ideológicamente a Milei y Trump, pero Brasil seguiría defendiendo sus intereses nacionales. Eso es lo que Argentina debería entender.

Porque el verdadero problema no es que Lula tenga una política exterior diferente a la nuestra. El problema sería que Argentina confundiera su oposición a Lula con una política de confrontación permanente hacia Brasil. La presión de Washington sobre Brasil agrega otra variable a considerar. La administración Trump ha decidido incrementar la presión económica y política sobre el gobierno brasileño. Los aranceles estadounidenses pueden ser explicados desde una lógica comercial, pero resulta imposible ignorar el contexto electoral en el que se producen. Washington tiene un interés evidente en que la derecha brasileña recupere el poder y en limitar la influencia de Lula.

Pero aquí puede aparecer una paradoja clásica de la política internacional: la presión externa puede fortalecer al gobierno que se pretende debilitar.

Si Lula consigue presentar la disputa con Washington como una cuestión de soberanía brasileña, puede transformar una dificultad económica en una herramienta electoral. Cuanto más aparezca Estados Unidos interviniendo en la política interna de Brasil, más sencillo será para Lula presentarse como defensor de los intereses nacionales frente a una potencia extranjera.

Y hay un dato todavía más incómodo para Washington: el nacionalismo brasileño no pertenece exclusivamente a la izquierda. También atraviesa a la derecha. Por eso Trump puede estar apostando a debilitar a Lula y, al mismo tiempo, ayudándolo a construir el relato político que necesita para resistir.

Esto no significa que Lula sea una víctima inocente ni que la oposición brasileña carezca de posibilidades. Significa que las grandes potencias también pueden equivocarse al calcular los efectos de su presión sobre actores más pequeños. La elección brasileña, entonces, tiene una importancia que excede ampliamente a Brasil.

Una victoria de Flávio Bolsonaro abriría una oportunidad extraordinaria para Buenos Aires. Podría existir una convergencia mucho mayor en seguridad, defensa, energía, infraestructura y comercio, además de una coordinación más estrecha con Washington. Después de años de distancia ideológica, Argentina podría encontrarse con un gobierno brasileño mucho más próximo.

Pero una victoria de Flávio también podría generar una paradoja para la propia estrategia argentina. Si Brasil volviera a alinearse políticamente con Washington, Argentina podría dejar de tener algo que hoy posee: un valor diferencial como principal socio sudamericano de Estados Unidos. Brasil tiene una escala económica, demográfica, territorial y estratégica muy superior a la argentina. Para Washington, un Brasil alineado con sus intereses tendría un peso que Argentina sencillamente no puede igualar. El éxito del acercamiento argentino a Estados Unidos podría, paradójicamente, fortalecer a un competidor regional mucho más grande por la atención de Washington.

La victoria de un gobierno brasileño ideológicamente cercano a Milei sería, por lo tanto, una buena noticia para la relación bilateral, pero no necesariamente para la posición relativa de Argentina dentro de la estrategia estadounidense hacia Sudamérica.

Si Lula continúa en el poder, el desafío será diferente: Buenos Aires deberá administrar una relación ideológicamente incómoda con un país con el que comparte comercio, industria, frontera, infraestructura y numerosos intereses concretos. Ninguno de los dos escenarios debería ser una catástrofe.

El escenario realmente peligroso sería otro: que Argentina construya una política exterior que solamente funcione cuando gobiernan nuestros amigos. Eso no es estrategia. Es apostar. Y los Estados no deberían apostar su política exterior.

Aquí aparece una de las principales restricciones estratégicas de la Argentina: la geografía. Estados Unidos puede ser nuestro principal socio estratégico. China puede ser un mercado indispensable. Europa puede ofrecer inversiones y tecnología. India y Medio Oriente pueden convertirse en mercados cada vez más relevantes. Pero Brasil es nuestro vecino. Y la geografía no se negocia.

Brasil continúa siendo nuestro principal socio comercial y uno de los pilares de la estructura productiva argentina. La relación bilateral no se limita al intercambio de bienes: existe una integración industrial profunda, particularmente en sectores como el automotriz, donde empresas de ambos países forman parte de cadenas de valor que atraviesan las fronteras.

Argentina puede diversificar mercados. No puede diversificar vecinos. Ésa es una diferencia fundamental.

En un mundo bipolar, además, la relación con los vecinos adquiere todavía más importancia. Una Argentina enfrentada con Brasil pierde capacidad de negociación frente a Estados Unidos y China. Una Argentina capaz de mantener una relación pragmática con Brasil también aumenta su poder relativo. Esto no significa idealizar el Mercosur. Este bloque de integración comercial necesita reformas profundas. Argentina tiene razones para reclamar mayor flexibilidad comercial, acuerdos con terceros mercados y una estrategia de inserción internacional mucho más ambiciosa. El bloque no puede convertirse en una estructura burocrática que impida a sus miembros aprovechar oportunidades globales.

Pero reformar el Mercosur es muy diferente de destruirlo. La integración regional no debería defenderse por nostalgia, sino por interés.

Una Argentina y un Brasil con mayor coordinación económica, energética, industrial y de infraestructura tienen más capacidad de negociación frente a Washington y Beijing que dos países enfrentados y compitiendo por separado. En un mundo de grandes bloques económicos y tecnológicos, cierta escala regional puede convertirse en una fuente de poder.

La cuestión, entonces, no es si Argentina debe elegir entre Estados Unidos y Brasil. Es una falsa disyuntiva. Argentina puede ser el socio estratégico más cercano de Estados Unidos en América del Sur y, al mismo tiempo, tener una relación pragmática con Brasil. Puede ser firmemente occidental y negociar con China. Puede criticar a Lula y sentarse con él a discutir comercio, energía, seguridad fronteriza e infraestructura. Eso no es contradicción. Es realpolitik.

Las grandes potencias lo hacen permanentemente: Estados Unidos compite con China y, al mismo tiempo, negocia con Beijing; India profundiza su relación con Washington mientras conserva vínculos estratégicos con Rusia; Turquía pertenece a la OTAN y mantiene canales con Moscú. Los Estados no necesitan admirarse para cooperar. Necesitan identificar intereses convergentes. El desafío argentino es precisamente ése: abandonar tanto la vieja tentación de mantenerse al margen de las grandes disputas como la nueva tentación del alineamiento automático.

Argentina no necesita ser neutral entre Washington y Beijing. Tampoco necesita convertirse en una pieza pasiva de la estrategia estadounidense. Necesita aumentar su propio poder. Ésa debería ser la vara con la que se evalúe cada decisión de política exterior. ¿Esta decisión aumenta nuestras exportaciones? ¿Atrae inversiones? ¿Mejora nuestra seguridad? ¿Nos permite acceder a tecnología? ¿Fortalece nuestra capacidad de negociación? ¿Reduce vulnerabilidades estratégicas? ¿Amplía nuestro margen de maniobra? Si la respuesta es afirmativa, hay una estrategia. Si la respuesta es simplemente que “nuestros aliados están contentos”, probablemente no.

La elección brasileña debería ser leída desde esa perspectiva. Más allá de quién gane en octubre, Argentina tendrá que relacionarse con un Brasil que seguirá siendo una potencia regional y un actor relevante dentro de la competencia entre Washington y Beijing. En ninguno de los dos casos Argentina debería convertir esa relación en una extensión de sus preferencias ideológicas.

Brasil no tiene que ser nuestro aliado porque gobierne la derecha, ni nuestro adversario porque gobierne la izquierda. Tiene que ser nuestro socio porque es Brasil. Ésta debería ser la base de una política exterior pragmática. La relación con Brasil necesita menos épica y más estrategia. Menos personalización y más institucionalidad. Menos discusión sobre quién gobierna en Brasilia y más atención a los intereses permanentes de ambos países.

Eso no significa relativizar nuestras diferencias con Lula ni abandonar el acercamiento estratégico con Estados Unidos. Significa entender que una cosa es definir de qué lado estamos en la competencia global y otra muy distinta decidir cómo nos relacionamos con cada país desde nuestros propios intereses. Argentina puede elegir Occidente. Puede profundizar su alianza con Washington. Puede cuestionar a China cuando corresponda. Puede criticar a Lula y preferir a Bolsonaro. Pero también puede sentarse a negociar con todos ellos cuando los intereses argentinos así lo requieran.

En definitiva, la Argentina necesita dejar atrás dos tentaciones que históricamente le hicieron daño: la idea de que debemos mantenernos al margen de las grandes disputas internacionales y la idea opuesta de que alinearnos con una potencia implica acompañarla automáticamente en todos sus conflictos.

El mundo que viene no funciona así. En esta nueva bipolaridad competitiva, Estados Unidos y China tendrán cada vez más capacidad para condicionar las decisiones de los países intermedios. Pero precisamente por eso Argentina necesita aumentar, no reducir, su margen de maniobra. Y allí Brasil adquiere una importancia que ninguna coyuntura electoral debería hacernos olvidar. Brasil no es Lula. Tampoco será Bolsonaro. Brasil es una potencia vecina con la que Argentina va a convivir, gobierne quien gobierne.

La política exterior argentina debería ser capaz de distinguir entre una diferencia ideológica coyuntural y un interés estratégico permanente. Podemos cambiar de presidente. Podemos cambiar de gobierno. Podemos incluso cambiar de orientación económica. Lo que no podemos cambiar es la geografía.

Y en geopolítica, la geografía suele tener más memoria que la política.

Argentina ya eligió Occidente. Esa definición puede ser correcta y, al mismo tiempo, insuficiente. El verdadero desafío consiste ahora en transformar ese alineamiento en poder, inversiones, tecnología, seguridad, mercados y capacidad de negociación. No se trata solamente de elegir un lado. Se trata de tener algo que ofrecer desde ese lado. Porque los presidentes pasan, las elecciones terminan y las ideologías cambian. Los intereses nacionales permanecen.

Y una política exterior verdaderamente estratégica no debería preguntarse primero quién gobierna en Brasilia, Washington o Beijing. Debería preguntarse qué necesita la Argentina de cada uno de esos actores y qué está dispuesta a hacer para conseguirlo.

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Avanza la obra de construcción del nuevo colector cloacal en White

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El Municipio mostró cómo avanza la obra de construcción del nuevo colector cloacal en Ingeniero White.

Tiene 500 milímetros de diámetro y 270 metros de extensión. La obra es financiada por la provincia de Buenos Aires.

El secretario de Obras y Servicios Públicos, Gustavo Trankels, y el delegado whitense, Juan Pablo Césari, destacaron que la instalación del nuevo colector beneficiará a los barrios Loma Paraguaya, Villa Delfina, parte de Villa Rosas, Vialidad y 26 de septiembre, hasta la Cuenca 1.

“Esta obra de saneamiento tendrá un gran impacto en esos sectores, mejorando el servicio de efluentes cloacales”, destacaron desde la Municipalidad.

Fuente: Frente al cano.

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Con las nuevas obras, así quedó el complejo habitacional del STMBB en Monte Hermoso

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Con un proyecto integral, que incluyó obras de todo tipo, el sindicato de Trabajadores Municipales de nuestra ciudad (STMBB) puso en valor el complejo habitacional que posee en Monte Hermoso.

Ubicado en Legh II 256 (entre Nélida Fosatty, Faro Recalada y Río Dulce), a apenas 200 metros de la playa, fue adquirido en la década del ’80 y se transformó en una excelente opción turística para la familia municipal, a muy bajo costo.

Con el paso del tiempo y por su intenso uso, aparecieron varias falencias estructurales que se solucionaron hace pocos días para ponerlo nuevamente en funcionamiento y a disposición de los afiliados.

“Todo aquel que vaya se va a encontrar con un complejo totalmente renovado y mejorado; porque, básicamente, lo único que se dejó en pie fueron las paredes estructurales. Todo el resto, de una u otra forma, tuvo algún grado de intervención”, resumió Lorena Malvar, secretario general Adjunta del STMBB.

Y añadió: “Esto se hizo con la contratación de la empresa Consar, que fue quien nos acompañó a poder hacer la ejecución de la obra. Tuvimos la enorme colaboración de Vanesa y Rodrigo, que son los trabajadores que allí recepcionaron y acompañaron día a día a estos obreros para poder concluir los trabajos”.

Entre los trabajos realizados se destacan la renovación total del sistema cloacal, lo que llevó a retirar (y obviamente volver a construir) los pisos y contrapisos de los baños, el pasillo, el patio interno, cocina, comedores y patio social de frente.

También se avanzó con la construcción de nuevas estructuras de desagües internos y del sistema pluvial, en muchos sectores obstruido por la arena acumulada con el paso de los años.

“Además, se aprovechó para que los pisos de baños, pasillo y salón comedor y patio interior se cambien en su totalidad uniformando la medida y color”, añadió.

“También se renovaron techos y paredes, colocando nuevas membranas y estructuras, para proteger los espacios de filtraciones y daños”.

Dado el estado de deterioro de la cañería de gas natural existente se reconstruyó con un cambio de recorrido. Además, se adicionó otro termotanque de alta recuperación para cubrir los momentos de uso simultáneo del sistema de agua caliente.

El proyecto de renovación y adecuación también incluyó labores en la cocina-comedor, el comedor propiamente dicho (se unificaron dos espacios para ampliarlo) y el sector del patio del frente.

“Se agregó una cocina y horno a los ya existentes y se construyó una mesada de amplias dimensiones para tareas de preparación de comidas por parte de los afiliados y en su parte inferior se añadió mobiliario para guardar elementos relacionados con el sector”.

En ese lugar también se cambiaron los revestimientos y los pisos.

En el patio de acceso se demolieron los fogones existentes (premoldeados) para edificar nuevos de cemento distribuidos de una forma distinta para lograr un espacio que cobije asador y disco de cocción.

“En ese sector se añadieron dos sectores de guarda de sombrillas y reposeras, lo que permitirá a los 8 alojamientos tener la propia con cierre de seguridad. Y a la ducha y pileta de lavar se le proveyó de agua caliente con juego de grifería acorde a la necesidad”, amplió Malvar.

La remodelación también incluyó un nuevo portal en el ingreso principal.

“Aunque todos sabemos que la economía está complicada, gracias al trabajo de Miguel (Agüero) y la comisión directiva, se pudo lograr que, por varios años, no haya que tocar nada estructural en este lugar y poder enfocarnos en otros objetivos”.

Un poco de historia

“Esa era una casona que la transformamos en un espacio con 7 habitaciones de distinta capacidad. Se le añadió un sector de cocina, un salón comedor, fogones y varios servicios más”, contó Malvar.

Mientras en el primer piso existen 6 habitaciones (con capacidad para 2, 4 y 6 personas), en el segundo se encuentra un departamento, con cocina propia.

“Todos funcionan en forma independiente. Cada afiliado tiene su cocina, su heladera, su espacio de guardado, su fogón”, explicó.

En el verano pasado la ocupación es prácticamente plena, aunque en este caso la posibilidad de alquilar se adelantará al 21 de septiembre.

“Se alquila por semana, de lunes a domingo, a un precio muy accesible. Como en los demás servicios, se le da prioridad a aquellos que no lo utilizaron”, señaló Malvar.

En los próximos días quedarán habilitadas las reservas en el sitio web del sindicato.

Fuente: La Nueva.

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El Municipio avanza en su proceso de diálogo institucional en la búsqueda del nuevo COUT

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El Municipio de Bahía Blanca continúa consolidando el proceso de actualización del Código de Ordenamiento Urbano Territorial (COUT), una herramienta estratégica y urgente para actualizar una normativa vigente desde la década de 1990 y planificar el crecimiento de la ciudad de cara a las próximas décadas y a las inversiones proyectadas para la región.

Desde la comuna reivindicaron que el avance del anteproyecto está “basado en la construcción de consensos y cuenta con la participación por parte de los Colegios de Agrimensores, Arquitectos e Ingenieros de Bahía Blanca, como así también del diálogo permanente con la Cámara de Desarrolladores Urbanos”, cuyos representantes destacaron el trabajo técnico a conciencia y la predisposición del Ejecutivo local —a través del Secretario de Planeamiento, Arq. José Zingoni— para mantener un canal de intercambio permanente.

El reconocimiento de los profesionales y desarrolladores:

“Estar tan cerca de la aprobación del Código es absolutamente saludable […]. Es una herramienta no solo necesaria, sino urgente. Rescato la participación activa que se nos dio a todos los actores vinculados al territorio durante todo este proceso”. Reinaldo Beain (Presidente del Colegio de Agrimensores de Bahía Blanca y de la Provincia de Bs. As.):

“Nos parece auspicioso contar con el anteproyecto. La ciudad sufrió transformaciones desde 1991 que el código actual no podía contemplar. Estamos en un trabajo en conjunto y en comunicación permanente con el equipo municipal para revisar y aportar a la propuesta final”. Juan Boiardi (Presidente del Colegio de Arquitectos de Bahía Blanca):

“Destacamos el proceso de apertura y discusión. Entendemos como muy valioso el trabajo desarrollado y coincidimos en la necesidad de contar con un instrumento que ordene la ciudad y oriente su crecimiento. Actualmente nos encontramos en etapa de revisión junto a nuestros matriculados para aportar nuestra visión institucional”. Ricardo Kloster (Presidente del Colegio de Ingenieros de Bahía Blanca):

“Desde la Cámara de Desarrolladores Urbanos de Bahía Blanca queremos expresar nuestro reconocimiento a la Municipalidad de Bahía Blanca por la decisión de impulsar la actualización del marco de ordenamiento urbano y territorial de nuestra ciudad, encarando un proceso necesario para acompañar su crecimiento, desarrollo y transformación”. Alejandro Tedesco (Presidente de la Cámara de Desarrolladores Urbanos de Bahía Blanca):

“Valoramos especialmente la apertura al diálogo y la posibilidad concreta de participación que el Municipio ha brindado a nuestra Cámara y a los distintos actores vinculados al desarrollo urbano”, reafirmó.

Actualmente, las entidades profesionales y empresariales se encuentran analizando en detalle los aspectos técnicos del anteproyecto —como capacidades constructivas, usos del suelo y factibilidad de servicios de infraestructura— mediante instancias de consulta que incluyen la participación directa de las autoridades municipales.

Con este proceso participativo, el Municipio de Bahía Blanca reafirma su compromiso de dotar a la ciudad de un marco normativo moderno, eficiente y consensuado que garantice un desarrollo urbano ordenado y sostenible.

Fuente: La Nueva.

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