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Alberto Fernández calcula el momento para hacer cambios en el Gabinete y relanzar su gestión

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En la cabeza del presidente de la Nación está por estos días cerrar cuanto antes el acuerdo con el FMI y conseguir que el oficialismo tenga en el Congreso los votos necesarios para dar luz verde al proyecto de renegociación de la deuda.

Pero en el medio de estas cuestiones se coló en la Casa Rosada una versión que en rigor parece nunca haberse ido: la de cambios en el Gabinete. Nuevamente hay voces que en los pasillos de poder ventilan supuestas intenciones de realizar modificaciones y hablan de distancia entre el jefe de Estado y algunos de sus funcionarios.

En este grupo se encuentran Eduardo “Wado” de Pedro, ministro del Interior, y Juan Manzur, jefe de Gabinete de la Nación, que nuevamente vuelve a estar en el mar de rumores.

Nuevas versiones en el Gobierno sobre cambios en el Gabinete

Respecto al hombre de La Cámpora dentro del Gobierno los colaboradores de Alberto Fernández aseguran que el vínculo “está roto”, que desde la renuncia pública del ministro del Interior tras la derrota en las PASO la relación no tuvo retorno. Cerca del funcionario de extrema confianza de Cristina Kirchner niegan esto y por el contrario afirman que el vínculo es “bueno”.

Por estos días se deslizó la posibilidad de que “Wado” pase a la cartera de Justicia, pero en su entorno y en la propia Presidencia desmintieron esto.

Lee también: Acuerdo con el FMI: Máximo Kirchner endurece la resistencia y amenaza con un boicot de 30 diputados

Una muestra de que el vínculo entre Alberto Fernández y el ministro del Interior no atraviesa su mejor momento es el hecho de que el albertismo mandó a Juan Zabaleta a reunirse con “Wado” en plena crisis por el acuerdo con el FMI. Fue el primero de los contactos entre el kirchnerismo duro y el oficialismo que responde al Presidente tras la renuncia de Máximo Kirchner a la jefatura de bloque del FDT.

En el Gobierno reconocen que hay “distancia” entre Alberto Fernández y Juan Manzur

En cuanto al ministro coordinador, no es la primera vez que surgen rumores de una posible eyección de Juan Manzur del Gabinete. Pocas semanas atrás se habló que el jefe de Gabinete no sentía respaldo del Presidente y que veía con preocupación como su gestión se desdibujaba.

El funcionario llegó al cargo en septiembre de 2021 en medio de la peor crisis política del Gobierno. En un comienzo mostró una agenda activa de trabajo, con reuniones con los ministros a primera hora del día pero con el correr de las semanas esa intensidad se diluyó.

Por estos días si bien no hay rumores tan fuertes hablan de una distancia más marcada. Sin embargo, los colaboradores de Manzur lo desmienten. Dicen que el funcionario está enfocado en su agenda de trabajo y que en la últimas semanas tuvo un rol activo en el operativo que el Gobierno montó para enviar un mensaje de alineamiento a los Estados Unidos.

Manzur recorrió provincias del interior con el embajador argentino en EEUU Jorge Argüello y se reunió con el representante de ese país en la Argentina Marc Stanley tras las críticas de Alberto Fernández a Washington en su paso por Rusia y China.

Justamente uno de los apellidos que sonó para reemplazar a Manzur fue el de Agustín Rossi, de estrecho vínculo con Alberto Fernández y un dirigente que se revitalizó tras la llegada de Germán Martínez a la jefatura de bloque del FDT en reemplazo de Máximo Kirchner.

El exministro de Defensa también sonó para la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) que se encuentra intervenida por Cristina Caamaño. “Son rumores”, se despegan en la Casa Rosada ante la consulta de TN, pero lo cierto es que el Presidente quiere tener cerca al dirigente nacido en la provincia de Santa Fe.

Otras fuentes aseguran a este medio que el Presidente analiza el momento para hacer cambios. Entiende que sus ministros deben estar enfocados en la gestión ya que en estos años se tiene que terminar todo lo que la pandemia no permitió en los primeros dos de gestión.

En este sentido en la Casa Rosada aseguran que no olvidan el fuerte enojo que generó el viaje a México de la titular del PAMI Luana Volnovich y su pareja y número dos del organismo Martín Rodríguez. “El kirchnerismo nunca te liquida cuando te tiene que liquidar porque hubiésemos tenido que pagar un doble costo: echarla y aceptar el error”, le había dicho a TN una fuente de La Cámpora.

(TN)

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Milei impulsará en persona el proyecto de Presupuesto 2027 con una presencia en el Congreso

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El presidente Javier Milei retoma una imagen de hace dos años para la presentación del proyecto del Presupuesto 2027. Tal como lo hizo en 2024, el presidente se hará presente en el Congreso para realizar la ceremonia.

Fuentes parlamentarias del oficialismo confirmaron la decisión y anticiparon el regreso del mandatario a una ceremonia que en 2025 resolvió desde la Casa Rosada. La exposición llegará además en medio de una etapa sensible para el Gobierno, que busca asegurar votos para su agenda económica y definir el futuro de las PASO antes del próximo año electoral.

La Casa Rosada considera al presupuesto una pieza central para el segundo semestre y pretende conseguir su aprobación. El oficialismo entiende que llegar a un año electoral sin la denominada “ley de leyes” transmitiría una señal negativa hacia los mercados. El proyecto también entrará en una negociación más amplia con los mandatarios provinciales, cuyos votos adquirieron mayor peso después de los últimos tropiezos parlamentarios del Gobierno.

El Presupuesto entra en la cancha

El Gobierno abrió conversaciones con gobernadores y partidos aliados para resolver en los próximos dos meses qué instrumento electoral regirá durante 2027. La eliminación o suspensión de las PASO es la figurita difícil; deberá comenzar su recorrido en el Senado y necesita del respaldo del PRO, sectores de la UCR y mandatarios provinciales que mantienen canales de diálogo con la Casa Rosada.

Diego Santilli retomó durante los últimos días las reuniones con los gobernadores y también participó de contactos con dirigentes del PRO. Fuentes libertarias aseguraron que existen posibilidades de alcanzar un acuerdo con el partido amarillo sobre el esquema electoral. Karina Milei impulsa la eliminación de las primarias y el oficialismo sabe que deberá negociar cada adhesión para reunir la mayoría necesaria.

El Gobierno evalúa el reparto de recursos y los acuerdos con las provincias como herramientas para conseguir acompañamiento en las votaciones pendientes. Los Aportes del Tesoro Nacional (ATN) también son carta de canje en una discusión que intenta correr mejor “suerte” que el tratamiento de la Ley de Tierras, donde la relación con los gobernadores ya mostró sus límites.

Mismo día, dos años después

El mandatario ya encabezó personalmente una presentación presupuestaria el 15 de septiembre de 2024. Milei habló entonces desde un atril ubicado en el centro de la Cámara de Diputados y desplazó una función históricamente reservada al ministro de Economía. Su formación como economista y su paso como diputado nacional entre 2021 y 2023 fueron parte de la decisión de asumir personalmente la exposición.

El proyecto presentado aquella vez quedó detenido en comisión por las diferencias entre el Gobierno y los gobernadores alrededor del reparto de fondos. La iniciativa nunca llegó a votarse. Al año siguiente, el presidente decidió no asistir al Palacio Legislativo y envió un mensaje grabado desde la Casa Rosada que salió por cadena nacional durante la noche.

El Presupuesto 2026 sí consiguió aprobación en ambas cámaras durante las sesiones extraordinarias de diciembre. Esa sanción fue la primera de una ley presupuestaria durante la administración libertaria. El Gobierno quiere repetir ese resultado con el proyecto para 2027 y pretende evitar otra negociación inconclusa a pocos meses del comienzo del año electoral.

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Milei, Lula y la nueva Guerra Fría

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La pelea entre Javier Milei y Luiz Inácio Lula da Silva parece, a primera vista, una disputa bilateral entre dos presidentes que tienen diferencias ideológicas profundas y una relación personal particularmente mala. En realidad, es algo bastante más importante. La crisis entre Argentina y Brasil es uno de los síntomas latinoamericanos de una transformación mucho mayor: el mundo relativamente unipolar que conocimos después de la Guerra Fría terminó y estamos entrando en una nueva etapa de competencia estratégica entre Estados Unidos y China.

No estamos frente a una repetición exacta de la Guerra Fría del siglo XX. No existen dos bloques perfectamente cerrados ni una división ideológica absoluta del planeta. Estados Unidos y China compiten en comercio, tecnología, inteligencia artificial, semiconductores, infraestructura, energía, defensa y cadenas de suministro, pero sus economías siguen profundamente interconectadas. Al mismo tiempo, potencias como India, Brasil, Turquía y otras buscan preservar márgenes de autonomía. Por eso resulta más preciso hablar de una bipolaridad competitiva, en la que Washington y Beijing son los dos grandes polos de poder, mientras los actores intermedios intentan evitar convertirse en simples piezas de ese enfrentamiento.

En ese nuevo escenario, América Latina vuelve a adquirir relevancia. No porque Washington pueda tratarla como su patio trasero, como ocurrió en otros momentos de la historia, ni porque Beijing esté construyendo una esfera de influencia tradicional. La región posee alimentos, energía, minerales críticos, mercados, infraestructura estratégica y una posición geográfica excepcional respecto de Estados Unidos. China ya es un actor económico central y Estados Unidos conserva una enorme gravitación financiera, tecnológica, comercial y militar. América Latina es, por lo tanto, otro escenario de la competencia entre las dos grandes potencias.

Argentina decidió tomar posición. Javier Milei entendió algo que durante demasiado tiempo buena parte de la dirigencia argentina se resistió a reconocer: el mundo cambió y la Argentina necesita definir cuál es su espacio estratégico. El acercamiento a Estados Unidos, la alianza con Donald Trump y la decisión de reconstruir una identidad internacional claramente occidental tienen fundamentos que exceden la simpatía personal entre presidentes. Argentina necesita inversiones, tecnología, mercados, cooperación en defensa y seguridad y una relación privilegiada con la principal potencia occidental.

Desde esa perspectiva, el giro de Milei tiene una lógica. El problema aparece cuando una definición estratégica comienza a convertirse en una obligación de acompañar automáticamente cada batalla de Washington. Estados Unidos es un socio estratégico. No es la Argentina.

Donald Trump tiene intereses estadounidenses que coinciden con los argentinos en numerosos asuntos, pero no necesariamente en todos. Washington quiere contener el avance estratégico de China, proteger sus cadenas de suministro, recuperar influencia en América Latina y evitar que Beijing transforme su enorme presencia económica en influencia política y militar. Argentina quiere crecer, atraer inversiones, exportar y aumentar su poder relativo. Las agendas pueden converger. Pero no son idénticas. Ésta es la diferencia entre alineamiento y subordinación.

Argentina puede ser firmemente occidental sin renunciar a su capacidad de decisión. Puede profundizar su relación con Estados Unidos sin transformar cada disputa estadounidense en una disputa argentina. Puede considerar a China un competidor estratégico de Occidente y, al mismo tiempo, negociar con Beijing cuando eso resulte conveniente para nuestros intereses. La autonomía no significa neutralidad. Significa tener capacidad para tomar decisiones propias. Y esa discusión aparece con particular claridad en Brasil.

Las diferencias de Milei con Lula son reales y, en muchos casos, legítimas. La visión económica del Partido de los Trabajadores es mucho más estatista que la que impulsa el gobierno argentino. La política exterior de Lula privilegia una autonomía frente a Washington que puede entrar en contradicción con determinados intereses occidentales. Su relación con los BRICS y con China merece ser seguida con atención, y sus posiciones frente a Venezuela, Israel y otros conflictos internacionales han generado diferencias profundas y justificadas con Buenos Aires. Pero también sería un error reducir a Lula a la caricatura de un presidente socialista que simplemente quiere acercar Brasil a China y enfrentar a Estados Unidos. Lula es algo bastante más complejo: un dirigente nacionalista y pragmático que entiende que Brasil tiene una escala suficiente para intentar jugar su propio partido.

Brasil no quiere ser un aliado automático de Washington. Pero tampoco quiere ser un satélite de Beijing. Quiere ser Brasil. Ésa es una característica de su política exterior que atraviesa gobiernos de izquierda, centro y derecha. Itamaraty construyó durante décadas una cultura de autonomía estratégica que busca mantener relaciones simultáneas con las grandes potencias y preservar el mayor margen de maniobra posible.

Incluso si Flávio Bolsonaro llegara a la presidencia, sería ingenuo imaginar que Brasil abandonaría esa tradición para convertirse simplemente en un aliado subordinado de Estados Unidos. Un gobierno brasileño de derecha probablemente sería mucho más próximo ideológicamente a Milei y Trump, pero Brasil seguiría defendiendo sus intereses nacionales. Eso es lo que Argentina debería entender.

Porque el verdadero problema no es que Lula tenga una política exterior diferente a la nuestra. El problema sería que Argentina confundiera su oposición a Lula con una política de confrontación permanente hacia Brasil. La presión de Washington sobre Brasil agrega otra variable a considerar. La administración Trump ha decidido incrementar la presión económica y política sobre el gobierno brasileño. Los aranceles estadounidenses pueden ser explicados desde una lógica comercial, pero resulta imposible ignorar el contexto electoral en el que se producen. Washington tiene un interés evidente en que la derecha brasileña recupere el poder y en limitar la influencia de Lula.

Pero aquí puede aparecer una paradoja clásica de la política internacional: la presión externa puede fortalecer al gobierno que se pretende debilitar.

Si Lula consigue presentar la disputa con Washington como una cuestión de soberanía brasileña, puede transformar una dificultad económica en una herramienta electoral. Cuanto más aparezca Estados Unidos interviniendo en la política interna de Brasil, más sencillo será para Lula presentarse como defensor de los intereses nacionales frente a una potencia extranjera.

Y hay un dato todavía más incómodo para Washington: el nacionalismo brasileño no pertenece exclusivamente a la izquierda. También atraviesa a la derecha. Por eso Trump puede estar apostando a debilitar a Lula y, al mismo tiempo, ayudándolo a construir el relato político que necesita para resistir.

Esto no significa que Lula sea una víctima inocente ni que la oposición brasileña carezca de posibilidades. Significa que las grandes potencias también pueden equivocarse al calcular los efectos de su presión sobre actores más pequeños. La elección brasileña, entonces, tiene una importancia que excede ampliamente a Brasil.

Una victoria de Flávio Bolsonaro abriría una oportunidad extraordinaria para Buenos Aires. Podría existir una convergencia mucho mayor en seguridad, defensa, energía, infraestructura y comercio, además de una coordinación más estrecha con Washington. Después de años de distancia ideológica, Argentina podría encontrarse con un gobierno brasileño mucho más próximo.

Pero una victoria de Flávio también podría generar una paradoja para la propia estrategia argentina. Si Brasil volviera a alinearse políticamente con Washington, Argentina podría dejar de tener algo que hoy posee: un valor diferencial como principal socio sudamericano de Estados Unidos. Brasil tiene una escala económica, demográfica, territorial y estratégica muy superior a la argentina. Para Washington, un Brasil alineado con sus intereses tendría un peso que Argentina sencillamente no puede igualar. El éxito del acercamiento argentino a Estados Unidos podría, paradójicamente, fortalecer a un competidor regional mucho más grande por la atención de Washington.

La victoria de un gobierno brasileño ideológicamente cercano a Milei sería, por lo tanto, una buena noticia para la relación bilateral, pero no necesariamente para la posición relativa de Argentina dentro de la estrategia estadounidense hacia Sudamérica.

Si Lula continúa en el poder, el desafío será diferente: Buenos Aires deberá administrar una relación ideológicamente incómoda con un país con el que comparte comercio, industria, frontera, infraestructura y numerosos intereses concretos. Ninguno de los dos escenarios debería ser una catástrofe.

El escenario realmente peligroso sería otro: que Argentina construya una política exterior que solamente funcione cuando gobiernan nuestros amigos. Eso no es estrategia. Es apostar. Y los Estados no deberían apostar su política exterior.

Aquí aparece una de las principales restricciones estratégicas de la Argentina: la geografía. Estados Unidos puede ser nuestro principal socio estratégico. China puede ser un mercado indispensable. Europa puede ofrecer inversiones y tecnología. India y Medio Oriente pueden convertirse en mercados cada vez más relevantes. Pero Brasil es nuestro vecino. Y la geografía no se negocia.

Brasil continúa siendo nuestro principal socio comercial y uno de los pilares de la estructura productiva argentina. La relación bilateral no se limita al intercambio de bienes: existe una integración industrial profunda, particularmente en sectores como el automotriz, donde empresas de ambos países forman parte de cadenas de valor que atraviesan las fronteras.

Argentina puede diversificar mercados. No puede diversificar vecinos. Ésa es una diferencia fundamental.

En un mundo bipolar, además, la relación con los vecinos adquiere todavía más importancia. Una Argentina enfrentada con Brasil pierde capacidad de negociación frente a Estados Unidos y China. Una Argentina capaz de mantener una relación pragmática con Brasil también aumenta su poder relativo. Esto no significa idealizar el Mercosur. Este bloque de integración comercial necesita reformas profundas. Argentina tiene razones para reclamar mayor flexibilidad comercial, acuerdos con terceros mercados y una estrategia de inserción internacional mucho más ambiciosa. El bloque no puede convertirse en una estructura burocrática que impida a sus miembros aprovechar oportunidades globales.

Pero reformar el Mercosur es muy diferente de destruirlo. La integración regional no debería defenderse por nostalgia, sino por interés.

Una Argentina y un Brasil con mayor coordinación económica, energética, industrial y de infraestructura tienen más capacidad de negociación frente a Washington y Beijing que dos países enfrentados y compitiendo por separado. En un mundo de grandes bloques económicos y tecnológicos, cierta escala regional puede convertirse en una fuente de poder.

La cuestión, entonces, no es si Argentina debe elegir entre Estados Unidos y Brasil. Es una falsa disyuntiva. Argentina puede ser el socio estratégico más cercano de Estados Unidos en América del Sur y, al mismo tiempo, tener una relación pragmática con Brasil. Puede ser firmemente occidental y negociar con China. Puede criticar a Lula y sentarse con él a discutir comercio, energía, seguridad fronteriza e infraestructura. Eso no es contradicción. Es realpolitik.

Las grandes potencias lo hacen permanentemente: Estados Unidos compite con China y, al mismo tiempo, negocia con Beijing; India profundiza su relación con Washington mientras conserva vínculos estratégicos con Rusia; Turquía pertenece a la OTAN y mantiene canales con Moscú. Los Estados no necesitan admirarse para cooperar. Necesitan identificar intereses convergentes. El desafío argentino es precisamente ése: abandonar tanto la vieja tentación de mantenerse al margen de las grandes disputas como la nueva tentación del alineamiento automático.

Argentina no necesita ser neutral entre Washington y Beijing. Tampoco necesita convertirse en una pieza pasiva de la estrategia estadounidense. Necesita aumentar su propio poder. Ésa debería ser la vara con la que se evalúe cada decisión de política exterior. ¿Esta decisión aumenta nuestras exportaciones? ¿Atrae inversiones? ¿Mejora nuestra seguridad? ¿Nos permite acceder a tecnología? ¿Fortalece nuestra capacidad de negociación? ¿Reduce vulnerabilidades estratégicas? ¿Amplía nuestro margen de maniobra? Si la respuesta es afirmativa, hay una estrategia. Si la respuesta es simplemente que “nuestros aliados están contentos”, probablemente no.

La elección brasileña debería ser leída desde esa perspectiva. Más allá de quién gane en octubre, Argentina tendrá que relacionarse con un Brasil que seguirá siendo una potencia regional y un actor relevante dentro de la competencia entre Washington y Beijing. En ninguno de los dos casos Argentina debería convertir esa relación en una extensión de sus preferencias ideológicas.

Brasil no tiene que ser nuestro aliado porque gobierne la derecha, ni nuestro adversario porque gobierne la izquierda. Tiene que ser nuestro socio porque es Brasil. Ésta debería ser la base de una política exterior pragmática. La relación con Brasil necesita menos épica y más estrategia. Menos personalización y más institucionalidad. Menos discusión sobre quién gobierna en Brasilia y más atención a los intereses permanentes de ambos países.

Eso no significa relativizar nuestras diferencias con Lula ni abandonar el acercamiento estratégico con Estados Unidos. Significa entender que una cosa es definir de qué lado estamos en la competencia global y otra muy distinta decidir cómo nos relacionamos con cada país desde nuestros propios intereses. Argentina puede elegir Occidente. Puede profundizar su alianza con Washington. Puede cuestionar a China cuando corresponda. Puede criticar a Lula y preferir a Bolsonaro. Pero también puede sentarse a negociar con todos ellos cuando los intereses argentinos así lo requieran.

En definitiva, la Argentina necesita dejar atrás dos tentaciones que históricamente le hicieron daño: la idea de que debemos mantenernos al margen de las grandes disputas internacionales y la idea opuesta de que alinearnos con una potencia implica acompañarla automáticamente en todos sus conflictos.

El mundo que viene no funciona así. En esta nueva bipolaridad competitiva, Estados Unidos y China tendrán cada vez más capacidad para condicionar las decisiones de los países intermedios. Pero precisamente por eso Argentina necesita aumentar, no reducir, su margen de maniobra. Y allí Brasil adquiere una importancia que ninguna coyuntura electoral debería hacernos olvidar. Brasil no es Lula. Tampoco será Bolsonaro. Brasil es una potencia vecina con la que Argentina va a convivir, gobierne quien gobierne.

La política exterior argentina debería ser capaz de distinguir entre una diferencia ideológica coyuntural y un interés estratégico permanente. Podemos cambiar de presidente. Podemos cambiar de gobierno. Podemos incluso cambiar de orientación económica. Lo que no podemos cambiar es la geografía.

Y en geopolítica, la geografía suele tener más memoria que la política.

Argentina ya eligió Occidente. Esa definición puede ser correcta y, al mismo tiempo, insuficiente. El verdadero desafío consiste ahora en transformar ese alineamiento en poder, inversiones, tecnología, seguridad, mercados y capacidad de negociación. No se trata solamente de elegir un lado. Se trata de tener algo que ofrecer desde ese lado. Porque los presidentes pasan, las elecciones terminan y las ideologías cambian. Los intereses nacionales permanecen.

Y una política exterior verdaderamente estratégica no debería preguntarse primero quién gobierna en Brasilia, Washington o Beijing. Debería preguntarse qué necesita la Argentina de cada uno de esos actores y qué está dispuesta a hacer para conseguirlo.

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Los inusuales días que se viven en Casa Rosada, la nueva fase de Karina y el gobernador que coquetea con LLA

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Karina Milei y Mauricio Macri podrían haber entrado en contacto mucho antes. Eran varios los interlocutores y las figuras políticas que querían que conversaran para encauzar de una vez por todas una senda de confianza que desembocara en un acuerdo electoral. “Después del Mundial lo hacemos”, le confesó oportunamente la secretaria general de la Presidencia a una persona de su extremísima confianza.

La charla se dio en un momento oportuno. No porque así lo quisiera la hermana presidencial, sino porque lo amerita el contexto. En la Casa Rosada siguen la evolución de ciertos estudios de opinión pública que han comenzado a preocuparlos. Advierten la caída en la imagen positiva de la gestión gubernamental y creen que aquello no va a revertirse en el corto plazo.

Los actores financieros miran con la misma atención estos asuntos. No son tan analíticos, tienen una forma de razonamiento menos fino. “No es que van a estar mirando la quinta derivada de cómo puede evolucionar algo. Miran el trazo grueso y deciden”, describe el dueño de un broker a este medio. La Casa Rosada busca evitar que hagan esa lectura más lineal: que avizoren en el horizonte la posibilidad de que vuelva una administración del peronismo-kirchnerismo. Si es así, habrá más cautela. Y ese clima tiende a volverse un circuito de prudencia con visos de retroalimentarse. Más aún cuando se acerca el año electoral.

Es por eso que La Libertad Avanza ha hecho gestos de distensión con los aliados. La semana pasada, un importante miembro de la Mesa Política acentuaba que estaban obligados a ceder. “A los bloques aliados les pedimos que nos den los temas que les interesan y se los vamos a mover. Con eso no vamos a tener problemas, pero si no, van a encontrar pocos incentivos para ayudarnos. Corremos riesgo de salir cagados a palos”, afirmaba.

Esto es algo que se ha conversado en la Mesa Política. Allí emergió un consenso de habilitar proyectos diagonales de distintos bloques amigos para, después, solicitarles ayuda en las reformas que más pide el Presidente.
Los responsables de esa mesa han sido quienes suplieron al mismo Javier Milei, a quien no se lo ha visto en una actividad oficial desde sus recientes viajes al exterior. Recibe empresarios y funcionarios en la Quinta de Olivos, pero no se muestra en la Casa Rosada salvo en casos estrictamente necesarios. Allí impera Karina. El mandatario aparecerá mañana en el acto homenaje por el aniversario del fallecimiento del General José de San Martín. Será una cadena nacional más larga que lo normal y se esperan algunas palabras suyas.

Como nunca, al Presidente le interesan principalmente dos tipo de agendas: las que tienen que ver con la política exterior o su proyección como figura de la derecha internacional y las relativas a la economía o al ámbito empresarial. En su entorno marcan que pondera este tipo de actividades por sobre la rosca fina y los encuentros con gobernadores o dirigentes de alto vuelo. Tampoco ve con especial interés ir a eventos masivos o culturales. Suelen invitarlo a Fiestas Nacionales, pero su agenda, manejada por su hermana, no lo suelen posicionar allí. Los organizadores de los Juegos Suramericanos que se celebrarán en Santa Fe salieron a decir que Milei les dijo que tiene intenciones de participar, pero él mismo confiesa que no está al tanto de dicha actividad.

En los últimos días se aseguró que Milei irá a presentar el Presupuesto 2027 al Congreso, tal y como lo hizo en años anteriores, pero el mismo Presidente le confesó a Infobae: “La verdad que aún no está en la discusión si voy a ir. La vez que fui se debió a la presentación de déficit cero”. Se trataba de uno de los elementos de la Ley de Compromiso Nacional para la Estabilidad Fiscal y Monetaria, pero esta no consiguió las adhesiones suficientes cuando quiso ser tratada en diciembre del año pasado.

Mientras Milei se ocupa de revisar algunos asuntos de la agenda gubernamental y se centra en la economía, la política ha visto como en pocas ocasiones la proactividad de Karina Milei. Esta intensificación de su tarea como cabecilla del proyecto libertario ahora se traslada a la cuestión actitudinal: se ha notado un progreso en su forma de pronunciar los discursos públicos, lo admiten quienes la acompañaron el jueves a la inauguración de un local partidario en San Telmo. “Está mejorando su timidez y está profundizando su fase como líder del espacio”, comenta uno de sus principales laderos.

Ante la ausencia del Presidente, la gran mayoría de las reuniones son presididas por Karina (la cumbre de LLA y el PRO del jueves fue digitada por Macri y ella, aunque encabezada por Diego Santilli). Dos ministros y un vocero han dicho a Infobae que las reuniones de Gabinete perdieron su practicidad para repasar los hitos de gestión de cada uno de los ministerios. Más que una cuestión valorativa, es algo que efectivamente pasa. “Ahí Javier aprovecha para dar las principales puntadas de lo que cree que tiene que acontecer en la gestión y está bien. El repaso de nuestras tareas que podemos hacer ahí ya no se hace. Por eso creo que nos piden ir a la mesa política”, afirman.

La mesa política se convirtió en una suerte de reunión de gabinete blue y rotativa. Este martes habrá una nueva reunión. Un integrante de ese grupo contó que se esperaba que fuera Sandra Pettovello, pero que por cuestiones de gestión pidió estar en la de la semana próxima. Se espera que vaya en su lugar otro ministro del Ejecutivo.

Con lo sucedido con Federico Sturzenegger, los ministros saben que ya no pueden mantener diálogo directo con el Presidente y que esa voz sea la única que les convalida un proyecto o iniciativa de gestión. Es sin dudas una rareza que aquello no resulte suficiente, pero este es un Gobierno que ha incorporado dinámicas particulares que luego fueron normalizadas.

Hasta ahora, la orden de las comandas políticas es la siguiente: primero la aprobación de las leyes que ya tienen la media sanción de alguna de las dos cámaras, luego el Presupuesto 2027 y, por último, la Reforma Política, que tiene en la suspensión de las PASO su principal instrumento reformador.

Hay algunos operadores del oficialismo que consideran que están muy cerca de juntar la media sanción en el Senado de las PASO. Creen que se realizó un importante avance al prometer las Zonas Cálidas para los gobernadores del Norte Grande y otra serie de iniciativas de los aliados en el mediano plazo. Hay un optimismo proveniente del karinismo que choca con la lectura que realiza Patricia Bullrich y su círculo de estrategas del Senado. “Nosotros no tenemos esa lectura”, afirman.

Y es que varios aliados todavía advierten que la agenda de prioridades legislativa debe definirse de manera diferente. Si no, marcan que los acuerdos podrían quebrarse. Por caso, el PRO reclama el tratamiento de Ficha Limpia en forma separada de la reforma electoral; la UCR quiere incorporar su proyecto de RIGI para pymes; y las fuerzas provinciales exigen avances en biocombustibles, entre otros. Mientras tanto, en el oficialismo quieren venderle a los aliados “un clima de optimismo” a raíz de los proyectos libertarios que saldrán en Diputados el próximo 26 de agosto.

Se trata de una de las tantas desconexiones que se producen entre el sector ligado a la hermana presidencial y a la jefa de bloque en el Senado. Esta semana una figura de la mesa política filtró un diálogo que se había dado puertas adentro. Particularmente un enojo que se dio entre Martín Menem y Patricia Bullrich. El titular de Diputados le transparentó algunos planteos que ya venía haciéndose en el fuero interno: que no debía realizar sesiones semanales con pocos proyectos y que, por el contrario, debe hacer sesiones más esporádicas pero con mayor cantidad de temáticas, incluyendo a algunos aliados.

En el fondo, lo que está sucediendo es una suerte de exteriorización de una interna en la cual el karinismo dice en privado que Bullrich está pisando el tratamiento de las PASO bajo una presunta especulación en términos electorales. Eso no es para nada lo que piensan desde el otro bando. La jefa de bloque indicó que hubo asuntos que se pudieron haber movilizado con mayor facilidad si Manuel Adorni hubiera sido removido con premura.

El PJ está con movimientos nuevos y coordinados y lo electoral no se cuenta sino en cómo se coordinan ellos”, indica una fuente inobjetable. Ergo, creen que siguen sin resolver una mayoría segura para las reformas más importantes.

No resultó menor lo que sucedió en el Hotel Emperador del barrio porteño de Retiro, en donde se volvieron a encontrar Sergio Massa, Axel Kicillof, Máximo Kirchner, los gobernadores Gildo Insfrán, Ricardo Quintela, Sergio Ziliotto, Gustavo Melella; y los legisladores Gerardo Zamora, José Mayans y Germán Martínez. El encuentro buscó que la interna (que existe y seguirá existiendo) en la provincia de Buenos Aires no se traslade a la construcción que tienen que realizar en otros lugares. Todo para sostener las PASO. Si aquello se quiere lograr, implica que el peronismo deberá ofrecer incentivos para que aquellos que son aliados al Gobierno, ya no lo sean.

Lo que sucedió en la sesión del jueves de la anterior semana no refleja lo que pueda llegar a acontecer en un futuro. “A Patricia la ayudaron muy poco. Nos quisieron dejar la pelota frente al arco y sin arquero para que metamos el gol de la victoria para después darle con un caño”, dijo uno de los arriba mencionados a Infobae.

En esa interlocución con los gobernadores que comenzaron a tener diferentes alfiles de la Mesa Política surge una novedad: en Catamarca afirman que la Casa Rosada quiere que Raúl Jalil siga un mandato más en su cargo como gobernador. Y en la conducción nacional de LLA no lo desmienten.

El actual mandatario dice que la limitación a las reelecciones la hizo seis días después de asumir su segundo mandato, por lo que el actual sería computado como el primero después de esa normativa. El PJ provincial quiere que el elegido sea el intendente Gustavo Saadi y que la actual senadora Lucía Corpacci sea cabeza de lista junto a Jalil. “Raúl es peronista, pero habrá que ver con el pasar de los días”, dicen en su entorno. A algunos libertarios les gustaría que salte a La Libertad Avanza, aunque lo más probable es que eso no esté en los planes del mandatario.

La personalidad entrañable del gobernador ha caído bien a diversos integrantes de la mesa política. Casi tan entrañable como la localidad de Fiambalá, adonde se fue a pasar el fin de semana largo junto al ministro de Economía, Luis Caputo. Ambos estuvieron el viernes en esa provincia firmando convenios junto a Santilli y el santiagueño Elías Suárez.

Tal y como lo adelantó el periodista Javier Laquidara en La Política Online, el Gobierno mira casos similares como Salta y Tucumán con los gobernadores Gustavo Sáenz y Osvaldo Jaldo. Ambos estarían dispuestos a buscar una reelección y La Libertad Avanza no descartaría apoyarlos con tal de recibir sus adhesiones en el Congreso. Aun así, nadie tiene la última palabra. En un muy importante despacho del microcentro porteño, un dirigente de altísimo rango nacional emitió el siguiente apotegma: “Los gobernadores son de los gobernadores, y si necesitan te van a cagar”.

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